Existe algo hipnótico en ver tocar a Eva Gervorgyan. No tiene que ver solo con la velocidad, que la tiene, ni con la precisión, que también, sino con esa sensación difícil de explicar de que todo lo que ocurre sobre el teclado está atravesado por una emoción real, sin artificio. Como si cada pieza fuera urgente. Como si no pudiera tocar de otra manera. El 7 de abril regresa a Madrid para debutar en la sala grande del Auditorio Nacional, dentro del ciclo Grandes Solistas de la Fundación Scherzo. No es una cita cualquiera, supone el regreso de una intérprete que conoce bien la ciudad: vivió y estudió aquí durante tres años en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Ahora vuelve convertida en una de las pianistas jóvenes más sólidas del circuito internacional.
Nacida en Moscú en 2004, de raíces ruso-armenias, Gervorgyan empezó a respirar música antes incluso de saber lo que era una partitura. Hija de una violinista, creció entre ensayos, conciertos y ese sonido constante que acaba filtrándose sin pedir permiso. A los tres años quiso un violín. Lo rompió. Y en ese gesto, mitad impulso, mitad carácter, hubo algo que visto con perspectiva ya perfilaba su destino.
Desde entonces, todo ha ido muy rápido, pero nunca de forma superficial. Su formación en la Escuela Central del Conservatorio Tchaikovsky, de Moscú, con Natalia Trull y, más tarde, en Madrid con Stanislav Ioudenitch, ha construido una base sólida que sostiene una carrera que no deja de crecer. Más de 50 premios internacionales, el ICMA Discovery Award, el Prix du Piano de Berna en 2023, el Gran Premio del Concurso de la Orquesta Nacional de Rusia y una hazaña que sigue resonando: ser la finalista más joven del Concurso Chopin de Varsovia.
Pero más allá de estos impresionantes títulos está lo que ocurre cuando toca. Ha sido solista con orquestas en Europa, Asia y América, ha trabajado con directores como Valery Gergiev o Vasily Petrenko y ha pasado por escenarios como el Royal Albert Hall o el Gewandhaus de Leipzig. Y aun así, su discurso sigue siendo el de alguien que siente que todo está por hacer.
El programa que trae a Madrid no deja espacio para la comodidad: César Franck, Rajmáninov, Sofia Gubaidulina y Liszt. Un recorrido que exige resistencia, inteligencia musical y, sobre todo, una capacidad narrativa que no todos los pianistas poseen. En su caso, parece natural, un buen ejemplo de sus dotes de comunicación son los 140.000 seguidores que tiene en su perfil de Instagram. Una cuneta que utiliza para acercar la música a todos los públicos, sobre todo a los jóvenes, y mostrar cómo es la parte más personal de una vida dedicada al piano.
Hablamos con ella unos días antes del concierto. Su manera de expresarse es directa, honesta, a veces divertida y siempre muy consciente de lo que implica dedicarse a esto. Al finalizar, con la timidez de las personas muy educadas nos confesará que en su casa siempre hubo revistas de Glamour para leer. Otro capriccio del destino.
GLAMOUR: Eres muy joven. ¿Cuándo empezó esta pasión por la música y por el piano?
EVA GERVORGYAN: Nací en una especie de familia musical. Mi madre es violionista y cuando yo nací todavía estudiaba en el Conservatorio de Moscú. Así que siempre escuchaba cómo practicaba en casa. También me llevaba a muchos conciertos de música clásica. Creo que empezó literalmente desde el comienzo de mi vida. A los tres años le pedí a mi madre que me comprara un violín pequeño. Quería ser violinista como ella, pero lo rompí. Era muy, ya sabes, entusiasta. Mi madre dijo: no más música, por favor, nada de música, no tienes talento. No quería que fuera música. Pero no me rendí, le pedí que me dejara probar el piano. Y después de tocarlo, me di cuenta de que esto era lo que quería hacer. Ahí empezó todo.
G.: Ser músico implica muchas horas y muchos sacrificios. Sé que no lo sientes así porque es tu pasión, pero ¿qué sientes que te pierdes como mujer joven?
E. G.: No puedo decir que me pierda algo. Tengo muchos amigos aquí en Madrid, en Ereván, en Moscú. Y sí, practico mucho, sobre todo cuando era más joven. Ahora depende. A veces tengo grandes viajes y no tengo tiempo para practicar en todo el día. Pero cuando estoy en casa intento hacerlo unas siete u ocho horas. Creo que en cualquier profesión, si quieres conseguir algo, tienes que dedicar mucho tiempo. Y también es importante encontrar equilibrio. No dedicalr todos los días, durante años sin parar. A veces, claro, hago descansos.
En cualquier profesión, si quieres conseguir algo, tienes que dedicar mucho tiempo
G.: Tu profesión consiste en viajar constantemente. Es fascinante, pero también puede ser solitario.
E. G.: Sí, pero para mí está bien porque es un equilibrio. Cuando estoy en el escenario siento toda la energía del público. Y después también necesito descansar sola. Fuera del escenario soy una persona bastante introvertida. Así que para mí está bien. Necesito ese tiempo conmigo misma.
G.: Cuando trabajas con un director de orquesta, ¿cómo es ese diálogo?
E. G.: Depende de las personas. Tenemos que colaborar y hay diferentes tipos de directores. Lo importante es que ambos estemos de acuerdo en la interpretación. Es difícil explicarlo, pero durante los ensayos lo decidimos todo.
G.: ¿Recuerdas la sensación de tu primer concierto? ¿Sigues sintiendo lo mismo?
E. G.: El primero quizá no, porque estaba tan entusiasmada que no presté atención a lo que estaba haciendo (risas). Siempre quise tocar. Recuerdo que en el colegio, en los descansos, había un piano público y yo siempre me sentaba a interpretar alguna pieza. Me gustaba un poco presumir delante de mis amigos. Siempre sentí que quería estar en el escenario.
Siempre sentí que quería estar en el escenario
G.: Has ganado muchos premios. ¿Lo vives como una recompensa o como un punto de partida para seguir trabajando?
E. G.: En el fondo me decanto más por la segunda opción. Nuestra vida como músicos es así: recibes aplausos, recibes cariño, pero al día siguiente empiezas desde cero. Nunca dejamos de aprender. No es como obtener un título y ya está. Siempre seguimos creciendo. Y cuando gano algo, me recuerdo a mí misma que debo trabajar aún más, porque es una responsabilidad.
G.: ¿Has sentido frustración con alguna pieza?
E. G.: Todo el tiempo (risas). Para cualquier músico, cuando empiezas una obra difícil, es un proceso complicado. La primera vez que abres la partitura no conoces la pieza. Necesitas mucho tiempo para entrar en esa música.
Nuestra vida como músicos es así: recibes aplausos, recibes cariño, pero al día siguiente empiezas desde cero
G.: Tienes más de 140.000 seguidores en Instagram. ¿Cómo lo gestionas?
E. G.: Lo gestiono pensando en todo, la verdad, en ese número tan grande de gente y también en el mensaje que quiero hacer llegar. Me gustaría popularizar más la música clásica, porque hoy en día no es el arte más popular. Quiero que más jóvenes la escuchen, y las redes sociales son importantes para llegar a más gente. Intento compartir también momentos íntimos, porque los músicos somos personas normales (risas). Creo que eso crea una sensación de familia, y es importante.
G.: ¿Por qué crees que mucha gente siente que la música clásica “no es para ellos”?
E. G.: La música clásica es difícil. Depende también del compositor. Hay algunos más accesibles, como Chopin o Mozart. Si no conoces nada y vas directamente a un concierto contemporáneo, es complicado. Hay que prepararse un poco, conocer la historia de la obra o del compositor. Incluso a mí me pasa: escucho una pieza y no me gusta al principio, pero con el tiempo descubro lo genial que es.
G.: Hay que entrenar el oído. ¿Cuáles son tus compositores favoritos?
E. G.: Para escuchar y tocar, Chopin siempre. Tiene algo especial. Cuando escucho su música siento Polonia. También Rachmaninov. Ambos tienen una profundidad increíble. Y Bach… es muy difícil de tocar. Es la base de la música, con muchas voces y armonías.
G.: ¿Y fuera de la clásica?
E. G.: Escucho sobre todo música clásica, pero también mucho jazz. Me encanta Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y Duke Ellington. También Piazzolla. Incluso hice una transcripción de Yo soy María para piano. Y música sinfónica, Beethoven, Brahms…
G.: ¿Cuáles son tus sueños?
E. G.: Siempre pienso en cómo mejorar mi forma de tocar. La mejor recompensa es ver que el público es feliz, que siente algo especial después del concierto. La música puede sanar el alma. También me gustaría viajar más y tocar en grandes salas.
G.: ¿Cuál es tu sala favorita?
E. G.: Es difícil decir solo una. Estoy muy emocionada por este concierto en el Auditorio Nacional. Es una sala increíble. Hace un tiempo toqué allí, pero en la Sala de Cámara, ahora doy el salto a la principal. También me gusta mucho la Gran Sala del Conservatorio de Moscú o el Concertgebouw de Ámsterdam.
G.: ¿Cómo es tu vida fuera del escenario?
E. G.: Me encanta la comida, sobre todo la asiática. Voy a Japón cada año. No me gusta cocinar, soy una “comedora profesional”. Mis hobbies también están en la música: composición, transcripciones, dirigir un poco, improvisar… Me gusta aprender idiomas, ver películas y estar con amigos.
G.: ¿Qué has visto últimamente?
E. G.: Una película rusa que probablemente no conozcas… y también Matrix. Me encanta la música de Morricone en el cine y directores como Fellini.
G.: Tus padres deben estar muy orgullosos.
E. G.: Sí, son increíbles. Mi padre me apoya mucho y mi madre ha sido fundamental en toda mi vida musical. Ella me ayudó a encontrar concursos, clases… sin ella no habría conseguido todo esto. Uno de mis sueños es que puedan viajar conmigo y escuchar mis conciertos.
Uno de mis sueños es que mis padres puedan viajar conmigo y escuchar mis conciertos
G.: ¿Qué es lo que más ilusión te hace cuando vuelves a casa?
E. G.: La comida de casa es lo mejor. Mi madre cocina perfecto. Y lo primero que hago es abrazar a mi chihuahua. Es como mi hermana pequeña… y es una oyente profesional. Le encanta Chopin. Cuando toco algo mal, reacciona [Eva suspira pesadamente imitando al can]. No es broma. La echo mucho de menos. Mi madre me manda fotos de ella esperándome debajo del piano.
G.: Después de vivir aquí, ¿qué es lo que más te gusta de Madrid?
E. G.: Me encanta el Prado y todos los museos que encuentras en la ciudad, el Retiro, la zona del Palacio. Y por supuesto el sol, la comida… es lo mejor. También me gusta mucho España en general: Barcelona, Valencia, Galicia. Espero volver pronto.
G.: Para terminar, ¿algo que quieras añadir?
E. G.: Me gustaría invitar a todo el mundo al concierto del 7 de abril. Amo España, estudié aquí tres años y es muy especial regresar.